
En los anales de la mitología Helena hallamos multitud de referencias a lugares de carácter utópico, enclaves cuya función emerge de la necesidad intrínseca del hombre de buscar respuestas, es decir, soluciones a los planteamientos que la realidad, muchas veces abismal, impone.
Desde tiempos inmemoriales el hombre ha erigido leyendas para dar respuesta a la muerte, uno de los primeros planteamientos primigenios que surge en el espíritu humano. La peculiaridad de tales mitos, los que, por ejemplo, Homero cifraría en la Iliada y la Odisea, estribaba en que (sin entrar en valores de excesivo carácter histórico) fueron planteados según la naturaleza a la que debía enfrentarse el hombre de dicha época, esto es, el mar y su extensión, el mar como continente de enigmas.
Así, por ejemplo, encontramos las Islas del Oeste, paraje más allá de las columnas de Hércules hacia donde se dirigen las almas de los fallecidos en busca de la eternidad. Es curioso comprobar que en la cultura popular de nuestro territorio aún hoy, cuatro milenios después, se hable del sol de los difuntos, momento del atardecer cuando el astro derrama su luz sobre el océano construyendo así un sendero imaginario que va de la costa al sol poniente. Se demuestra, pues, que la arcaica necesidad del ser humano de construir leyendas, en lugar de haber muerto transformada en razón, continúa, en estos tiempos técnicos donde se han abolido las distancias y los individuos, como una resistente flor incorruptible que no desaparecerá y que, además, puede y deber ser convertida (este es el marco final de nuestro proyecto) en manifestación de la belleza; en arte. ¿Cómo, entonces, convertir nuestro territorio, cada vez más lastrado por hormigones y hollines, en obra de carácter artístico?, es más, ¿Cómo conformar un proyecto que encuadre a todos los insulares y que, lejos de cualquier enfermiza idea, estimule a todos los componentes de las clases sociales a favor de la memoria tradicional? La respuesta, en apariencia irresoluble, es sencilla; plantear la isla, el ámbito en el cual muchos de nosotros desarrollamos nuestra vida, como obra artística donde paisaje, tradición y arte se funden en un concepto que hemos venido a definir como La Ruta de la Memoria.
La Ruta de la Memoria, cuyo rumbo iremos descifrando en los siguientes números, parte de un conjunto de ideas sencillas (varias piezas escultóricas desperdigadas por la isla de Tenerife) para llegar a una meta de significativa relevancia en el marco artístico canario; aunar el compromiso social y costumbrista del hombre isleño (oficios antiguos, juegos tradicionales) con la poética del bello entorno paisajístico. Se conforman así una suerte de senderos que rememoran, desde la peculiar visión de CanArtescultores, la historia artística y social de cada uno de los enclaves por donde La Ruta de la memoria ha de pasar.
Desde Bajamar hasta San Miguel, pasando por Valle de Guerra, San Lázaro, San Cristóbal de la Laguna, Taco, El Charcón, El Puerto de la Cruz, La Victoria, Icod de los Vinos, La Esperanza y Güimar, la mirada del espectador irá descubriendo una serie de monumentales obras cuyo fin no ha sido otro que el de remover los océanos de la memoria colectiva y así, desde el conocimiento del pasado, adentrar al habitante del siglo XXI en un futuro donde crezca el bello árbol del multiculturalismo, aquel cuyas sólidas raíces deberán ser la comprensión de nuestro ámbito y la tolerancia de los demás mundos que nos rodean.